El Templo de Tin Hau en Aberdeen no era solo un lugar de oración; era un mausoleo de madera roja y humo de incienso que parecía flotar sobre las aguas oscuras del puerto. Cientos de espirales de incienso colgaban del techo, ardiendo lentamente y llenando el aire de una neblina densa que picaba en los ojos. Fuera, la lluvia de Hong Kong golpeaba las tejas con la furia de un tambor de guerra.
Alessandra y Dante entraron por la puerta lateral, sus pasos resonando en el suelo de madera milenaria.