El búnker bajo la casa de verano no olía a humedad ni a encierro; olía a madera de cedro y al aire salino que se filtraba por los purificadores de alta tecnología. Fuera, el Mar Caribe golpeaba con furia las rocas de coral de la isla, pero dentro, el silencio era tan denso que Alessandra podía escuchar el latido de su propio corazón.
Se había quitado la chaqueta de terciopelo y los pesados guantes. Ahora, vestida solo con una camisa blanca de lino que le quedaba grande, caminaba descalza por e