El amanecer sobre Cartagena no trajo paz, sino una claridad cruel. Desde el balcón de la mansión, Alessandra observaba las columnas de humo que aún se elevaban desde el puerto. El sonido de las sirenas era un recordatorio constante de que el Comisario Vargas y sus federales estarían derribando su puerta en cuestión de horas.
Dante apareció detrás de ella, con el brazo en cabestrillo y el rostro surcado por el cansancio.
—Los capitanes están en el salón principal —dijo Dante, su voz era un sus