El aullido rasgó la madrugada como una garra sobre piel. Brianna se incorporó en la cama, con el corazón martilleando contra sus costillas. No era un aullido cualquiera; había rabia en él, una furia primitiva que hizo temblar los cristales de la ventana.
Damien irrumpió en su habitación sin llamar. Su rostro, usualmente impasible, estaba contorsionado por la ira. Sus ojos, dos témpanos de hielo, ardían con un fuego gélido.
—No salgas de esta habitación —ordenó, su voz un gruñido bajo que no adm