Un amor imposible. Un pasado olvidado. Una loba destinada a salvarlos… o destruirlos. Durante quince años, Ailén ha vivido como una humana común. Ella no sabe que su sangre pertenece a la última estirpe de Los guardianes del Equilibrio, lobos que resguardaban la paz entre los clanes elementales. Pero el destino no olvida tan fácilmente y una guerra sigue ardiendo por su don. Cuando Ailén comienza a experimentar extraños cambios, un joven aparece en su camino: el príncipe del aire, ese al que una vez fue prometida. Él jura protegerla, enseñarle a dominar su poder y ayudarla a reclamar su lugar. Sin embargo, el nuevo Alfa del Fuego también la ha encontrado. Y no está dispuesto a dejarla escapar, otra vez… aunque su corazón comience a latir solo por ella. Dos hombres. Dos destinos. Una loba que puede traer la paz… o arrasar con todo.
Leer más¿Quién en su sano juicio decide pasar una perfecta tarde de verano en el sótano de su casa? Bueno… pues yo. Allí estaba, entre nubes de polvo y montañas de olvido. Mamá me hacía compañía, revolviendo cajas viejas como si buscáramos un tesoro perdido.
—Ay, hijita, ¿y si vamos arriba a disfrutar del sol?
—En un rato voy —respondí.
—Esa sonrisita. ¡Estás feliz! Y el cielo lo sabe.
—Ay, mamá, ya estás como la abuela —negué con la cabeza mientras abría otra caja.
Me invadió una nostalgia dulce, de esas que duelen un poco, al encontrar mis viejas esculturas de arcilla y algunas fotografías con mis hermanos. Extrañaba esos días en que todos vivíamos juntos.
En una de las fotos tenía ocho años; ellos, diez y doce. Los tres usábamos disfraces de Halloween. Incluso así, mi cabello rojo resaltaba entre el castaño y negro que todos compartían en la familia. Solo yo lo tenía naturalmente así. La abuela solía decir que su propia abuela también… nunca vi pruebas de eso.
Tomé un par de esas fotos, acaricié una figura de barro y aparté la caja. Lo más tonto era que no buscaba nada específico, tal vez alguna foto aún más antigua para mostrarle a las chicas del trabajo. Lo que encontré, sin embargo, destrozó el mundo que conocía.
Un sobre viejo, magullado y amarillento, tenía mi nombre escrito en letra firme. Apenas era visible entre la gruesa capa de polvo.
—¿Qué es esto? —murmuré, pero mi voz sonó lo bastante fuerte para que mamá me oyera desde el otro lado del sótano.
No sé por qué lo abrí. Algo me empujó a hacerlo, tal vez porque tenía mi nombre. Y entonces lo leí.
El corazón se me disparó.
—¡Ailén, dame eso! —La voz de mamá sonó urgida.
La miré un instante, pero volví a bajar la vista al papel. Era un certificado de adopción. Fechado quince años atrás.
—¿Qué… qué es esto? —balbuceé, temblando mientras soltaba el documento y retrocedía como si quemara. Incluso, mis manos ardieron.
Ella se acercó y volvió a guardar el certificado en el sobre, que escondió dentro de su ropa. Mi madre. ¿Era ella o quién?
—Ai, cariño, esto no…
—¡¿Eso no qué?! —le grité— ¡¿No qué, mamá?!
Me sujetó por los brazos, desesperada.
—No cambia nada… nada cambia…
Negaba con la cabeza, como si eso pudiera detener la avalancha que ya me había tragado. Pero yo no podía escuchar otra palabra. No después de eso. No cuando ya lo había entendido todo.
—¡Todo ha sido una mentira! —grité. No me importó romperme en pedazos frente a ella.
De pronto, cada cosa encajó como las piezas de un rompecabezas maldito. No había una sola fotografía mía antes de los cinco años. Ninguna historia, ninguna anécdota. Solo un gran vacío.
—¿Quién soy…?
Un trueno sacudió la casa. La luz titiló un segundo. Mis lágrimas brotaron.
Afuera, escuché los gritos de los vecinos que hasta hace un rato disfrutaban del sol. Corrían a cubrirse de la lluvia que había estallado de la nada.
—¡No, cariño, escúchame! —suplicó mamá.
No lo hice. Ni siquiera pensé demasiado. Subí corriendo, tomé el impermeable, agarré la bicicleta y huí.
Tal vez… el clima sí reaccionaba a mis emociones.
De niña, cada vez que lloraba, llovía como si el cielo me hiciera coro. Cuando me enojaba, el viento rugía e intentaba llevarse los árboles de raíz. Y cuando estaba feliz… el sol brillaba como si nada pudiera hacerme daño.
“Debe ser cosa de brujas”, me decía la abuela entre risas.
Pero en ese momento… frente a esa verdad y el vacío que se abría bajo mis pies… se desató una tormenta.
Pedaleé sin rumbo, con el corazón roto, la mente a la deriva y la certeza de que mi vida, tal como la conocía, se caía a pedazos. Igual al cielo que rugía sobre mí.
En algún punto pensé en Ximena. Quería contarle, llorar, gritar… o tal vez solo sentarme a su lado y entender qué demonios había pasado con mi vida.
El cielo rugió otra vez. Yo seguí pedaleando, adentrándome en el bosque, el camino de tierra empapado, el barro salpicó mis jeans. El impermeable se aferraba a mi cuello como si pudiera protegerme de algo más grande que el viento.
Un relámpago me cegó por un segundo cuando salí de la espesura. Luego otro trueno. El viento me empujó con fuerza y perdí el equilibrio. Rodé colina abajo hasta aterrizar en un charco de barro, de rodillas.
—¡Maldita sea! —gruñí, llena de furia. El cielo rugió conmigo.
Y entonces lo sentí.
Una punzada ardiente me recorrió la nuca. El viento se detuvo. Todo sonido desapareció, como si el mundo se contuviera.
Entonces, entre la niebla, apareció él. Una figura masculina, alta, empapada. En la oscuridad de sus ojos rasgados bailaba la bruma misma. Vestía de gris; su cabello largo, platinado —casi blanco— le caía en mechones sobre el rostro, creando sombras imposibles.
No me moví. Ni siquiera respiré.
Mi marca de nacimiento palpitó como un tambor. Una presión vibraba bajo la piel de mi nuca. Jamás había sentido algo así; a pesar de eso, seguí inmóvil, con la vista fija en él.
No dijo una sola palabra. Solo me miró.
Estaba segura de que era la primera vez que lo veía… pero algo dentro de mí gritaba lo contrario. ¿Una voz interior?… o tal vez mi alma conocía su nombre.
Y ahí, entre el lodo, el silencio y la tormenta detenida, tuve el presentimiento de que algo más grande estaba por revelarse. Quizás era el sendero hacia mi propia verdad.
Un aullido se extendió como eco, largo y profundo, capaz de erizar hasta el último rincón de mi piel.Otro aullido se sumó a ese. De repente, un coro de voces lobunas llenaba cada espacio del extraño bosque erigido ante mí.Allí todo brillaba con un aura propia. Los árboles se mecían despacio, y de algún modo sentía su follaje como una caricia en mi piel. Respiraban. Las nubes se movían lentas, cargadas de un resplandor interior. Incluso la bruma parecía estar viva, ondulando alrededor de criaturas gigantescas.Tenían forma de lobos erguidos, mitad bestias, mitad hombres, envueltos por energías que los distinguían unos de otros: llamas anaranjadas danzaban alrededor de algunos, otros se rodeaban de ráfagas blancas y grises como ciclones, otros más cargaban aguas azul profundo que se desbordaban como ríos vivos, mientras que un grupo irradiaba raíces y hojas verdes que parecían brotar de sus cuerpos.Definitivamente, yo no pertenecía a ese sitio, aunque tampoco podía escapar. No entend
Seguí la recomendación de Ximena y saqué cita con un dermatólogo. Me encontraba en la sala de espera del doctor Cheon Jinwoo… «Xime morirá cuando le cuente que mi médico es un chino de esos».Había un par de personas antes que yo, así que hojeé unos folletos sobre tratamientos para el acné y otros más grotescos, con imágenes que parecían sacadas de una película de terror. «Esa seborrea parece una sarna diabólica», hice una mueca y dejé el papel sobre la mesa.Busqué el celular en mi bolso y me refugié en las redes sociales hasta que escuché mi nombre. La recepcionista —también de rasgos asiáticos— me llamó con una sonrisa cortés. La seguí por un pasillo silencioso, donde mis pasos parecían retumbar, hasta detenernos frente a una puerta. Tocó con suavidad y abrió sin esperar respuesta.—Doctor Cheon, aquí está la señorita Lamber.—Está bien, que pase, por favor.La joven se hizo a un lado y desapareció con pasos discretos. Crucé el umbral… y me quedé helada.El mundo se redujo a él.El
Fuego.Las llamaradas se alzaban hacia el cielo, devorándolo todo: casas, árboles, sombras.Gritos. Gritos por todas partes.Niños, adultos, ancianos… todos gritaban.Algunos rugían con rabia y la naturaleza se rebelaba con ellos; otros lloraban de puro terror. Era imposible distinguir quién sufría, quién atacaba… o quién se defendía.El humo negro se mezclaba con la niebla, convirtiendo el aire en una masa densa y venenosa.Mi garganta ardía como si el fuego naciera de allí. Tosí. Corrí sin rumbo. O eso creí. No lo sabía con certeza.La tierra respondió con ira. Se meció desde los cimientos y comenzó a tragarse todo, como si una bestia dormida por siglos despertara hambrienta.El cielo lloró cada vida.En medio del caos y la confusión, aquellos ojos rasgados, brillantes como estrellas de plata, volvieron a materializarse.El fuego aún ardía alrededor, pero un silencio denso e inquietante me envolvió.Mi corazón quiso atravesarme el pecho.—La verdad pertenece a quienes deciden buscar
Las llantas de mi bici se arruinaron, y mi ropa era un completo caos de agua, mucho lodo y sangre en las rodillas. A pesar de eso, me costaba no mirarlo, aunque por momentos su imagen parecía mezclarse con la niebla. ¿Realmente estaba allí o acaso me golpeé la cabeza con una roca mientras caía?Todo alrededor seguía tan gris y nuboso como su ropa. La humedad del aire llenaba mis pulmones, pero ni una sola gota de lluvia se había deslizado por mi piel, otra vez.La bruma en esos misteriosos ojos que me contemplaban desapareció, pero sus iris seguían brillando como la plata. Nunca vi una mirada similar.—Tú… tú… ¿Fuiste tú? —balbuceé. Quise abofetearme por esa idiotez. ¡Nadie controla el clima! Eran solo tonterías de mi abuela."La verdad se descubre cuando dejas de huir."Esas palabras me estremecieron. «¿Realmente habló?», me pregunté, nerviosa. «¡Sus labios ni se movieron!». Sin duda, me golpeé la cabeza, pero algo era seguro: no podía dejar de mirarlo… quizás ni siquiera quería. Hab
¿Quién en su sano juicio decide pasar una perfecta tarde de verano en el sótano de su casa? Bueno… pues yo. Allí estaba, entre nubes de polvo y montañas de olvido. Mamá me hacía compañía, revolviendo cajas viejas como si buscáramos un tesoro perdido.—Ay, hijita, ¿y si vamos arriba a disfrutar del sol?—En un rato voy —respondí.—Esa sonrisita. ¡Estás feliz! Y el cielo lo sabe.—Ay, mamá, ya estás como la abuela —negué con la cabeza mientras abría otra caja.Me invadió una nostalgia dulce, de esas que duelen un poco, al encontrar mis viejas esculturas de arcilla y algunas fotografías con mis hermanos. Extrañaba esos días en que todos vivíamos juntos.En una de las fotos tenía ocho años; ellos, diez y doce. Los tres usábamos disfraces de Halloween. Incluso así, mi cabello rojo resaltaba entre el castaño y negro que todos compartían en la familia. Solo yo lo tenía naturalmente así. La abuela solía decir que su propia abuela también… nunca vi pruebas de eso.Tomé un par de esas fotos, ac
Último capítulo