El sueño comenzó como siempre: Brianna corría por un bosque que nunca había visitado, pero que reconocía como propio. Sus pies descalzos no sentían las piedras ni las ramas; su cuerpo se movía con una agilidad que no le pertenecía. La luna llena iluminaba el camino entre los árboles como un faro plateado, llamándola.
Llegó al borde de un estanque cristalino. Se inclinó para beber, pero el reflejo que le devolvió el agua no era el suyo. Unos ojos ambarinos la observaban desde un rostro que era y