Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis Emilia Torres estaba convencida de que conseguir el trabajo de sus sueños era el comienzo de una nueva vida. Lo que nunca imaginó fue que, en su primer día, terminaría derramando un café sobre un completo desconocido… que minutos después descubriría que era su nuevo jefe. Adrián Montenegro es brillante, exigente y mantiene una regla que nadie se atreve a romper: el trabajo siempre está por encima de todo. Pero cuando una poderosa empresa amenaza con comprar la editorial que ambos aman, tendrán que trabajar hombro a hombro para salvar mucho más que un proyecto. Entre manuscritos, reuniones interminables, secretos que se niegan a salir a la luz y sentimientos que aparecen en el peor momento, Emilia descubrirá que algunas historias no solo se escriben en los libros… también pueden cambiar la vida de quienes las viven. Porque hay reglas que existen por una razón. Y hay personas capaces de hacerte olvidarlas todas. Solo hay una que nunca debió romperse… Prohibido enamorarse del jefe.
Leer másEmilia Torres miró la hora por quinta vez.
7:54 a. m.
—No voy a llegar tarde… no voy a llegar tarde…
Apretó el vaso de café y aceleró el paso. Al levantar la vista, el edificio apareció frente a ella: Ediciones Áurea. Durante años había soñado con trabajar allí. Y, por fin, ese día había llegado. Respiró hondo.
—Vamos, Emilia. Tú puedes.
Entró. El lugar estaba lleno de gente. Algunos caminaban con carpetas en la mano. Otros hablaban por teléfono mientras esperaban el ascensor.
El olor a café recién hecho se mezclaba con el de los libros nuevos. A Emilia le encantó desde el primer momento.
—Buenos días —dijo el vigilante con una sonrisa—. ¿Primer día?
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Se nota mucho?
—Un poco.
Le entregó un gafete.
—Piso doce. Recursos Humanos la está esperando.
—Gracias.
Justo cuando llegó a los ascensores, las puertas comenzaron a cerrarse.
—¡Espere!
Una mano las detuvo.
—Gracias… casi no alcanzo.
Entró rápidamente; solo había otra persona. Un hombre alto, de traje gris, camisa blanca. Miraba unos documentos en su tableta sin prestar atención a nada más. Emilia acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
“Qué hombre tan serio…”, pensó.
El ascensor comenzó a subir.
Piso tres.
Piso cinco.
Piso siete.
De repente, dio un pequeño movimiento.
El vaso de café resbaló de sus manos.
—¡Ay, no!
El café cayó directamente sobre la camisa del desconocido. El silencio fue inmediato. Emilia sintió que quería desaparecer.
—Lo siento muchísimo.
Buscó unas servilletas en su bolso.
—De verdad, fue un accidente.
Él miró la mancha unos segundos.
Después tomó una servilleta.
No parecía enojado.
Pero tampoco sonreía.
—Espero que esta no sea su forma habitual de presentarse.
Emilia levantó la vista.
No sabía si estaba hablando en serio.
—Le prometo que, por lo general, soy menos peligrosa.
Por un segundo… Pareció que iba a sonreír, pero no lo hizo. Las puertas del ascensor se abrieron y el hombre salió sin decir nada más.
Emilia dejó escapar el aire.
—Excelente…
Primer día y ya hice el ridículo.
—¿Emilia Torres?
Ella giró.
Una mujer de sonrisa amable caminaba hacia ella.
—Sí.
—Soy Laura, de Recursos Humanos. Bienvenida a Ediciones Áurea.
—Muchas gracias.
Mientras caminaban por el pasillo, Emilia observaba todo a su alrededor. Había estanterías llenas de libros, personas reunidas revisando manuscritos, diseñadores trabajando en nuevas portadas. Era justo como lo había imaginado.
Laura abrió una puerta de cristal.
—Adelante.
Dentro había una sala de reuniones.
Varias personas conversaban alrededor de una mesa.
Cuando Emilia entró, todos levantaron la vista.
—Buenos días.
Laura sonrió.
—Quiero presentarles a Emilia Torres. Desde hoy será nuestra nueva coordinadora de Innovación Editorial.
Una chica de cabello rizado le sonrió enseguida.
Un hombre con gafas levantó la mano para saludarla.
Entonces Emilia sintió que el corazón se detenía.
Sentado en la cabecera de la mesa estaba el mismo hombre del ascensor.
“No puede ser…”
Él también la reconoció.
Laura continuó hablando sin notar lo que estaba pasando.
—Emilia trabajará directamente con el departamento de Estrategia Editorial.
Luego señaló al hombre.
—Y él es Adrián Montenegro. Director de Estrategia Editorial, y tu jefe directo. Emilia sintió un nudo en el estómago. “No. No puede ser mi jefe.”
Adrián se puso de pie.
Caminó hasta ella.
Le tendió la mano.
—Bienvenida a Ediciones Áurea, señorita Torres.
Ella estrechó su mano.
—Muchas gracias.
Él sostuvo su mirada unos segundos.
Después dijo con total tranquilidad:
—Espero que el resto del día sea… menos accidentado.
Las risas llenaron la sala.
Emilia sonrió por educación.
Pero por dentro solo podía pensar una cosa.
Llevaba menos de media hora en la empresa… y ya había derramado café sobre su jefe.
—Buenos días.Mi nombre es Emilia Torres. Y quiero contarles una historia. Porque creo que las mejores ideas… Siempre empiezan así.La pantalla se iluminó. Pero Emilia apenas la miró, no quería leer diapositivas.Quería que la escucharan.—Cuando una persona compra un libro, cree que solo está llevando papel y tinta a su casa.Hizo una pausa.—Pero en realidad lleva recuerdos, preguntas, emociones… y, algunas veces, una versión diferente de sí misma.Esteban Salazar dejó de escribir. Por primera vez desde que había llegado a Ediciones Áurea, levantó la vista con verdadero interés.Emilia continuó.—Proyecto Horizonte no busca vender más libros.Busca que las personas vuelvan a enamorarse de la lectura. Que un niño espere con emoción el siguiente cuento, que una familia encuentre un espacio para compartir; que un lector vuelva a creer que todavía existen historias capaces de cambiar una vida.El silencio llenó la sala, nadie interrumpía, nadie miraba el reloj.Hasta Valeria, que normal
El nombre seguía en la pantalla del celular. Gabriel Rivas.Adrián apagó el teléfono sin responder.—¿Todo está bien? —preguntó Emilia con cautela.Él tardó un instante en contestar.—Sí.Pero su voz decía lo contrario.Guardó el celular en el bolsillo del saco.—Será mejor que descanse.Mañana será un día largo.Emilia asintió.—Buenas noches.—Buenas noches, señorita Torres.Ella salió de la sala de reuniones.Cuando la puerta se cerró, Adrián dejó escapar el aire lentamente. Se llevó una mano al puente de la nariz y cerró los ojos por un momento.El silencio de la oficina vacía era casi absoluto. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado.Tomó el celular otra vez. Miró el nombre…Esta vez respondió.—¿Qué quieres, Gabriel?La voz al otro lado sonó tranquila.Demasiado tranquila.—Solo quería saber si ya pensaste mi propuesta.—Mi respuesta sigue siendo la misma.—Estás cometiendo un error.Adrián miró por el ventanal de su oficina.Las luces de la ciudad comenzaban a ence
Emilia regresó a su escritorio con la carpeta abrazada contra el pecho. Todavía le costaba creerlo… “Confío en usted.” Tres palabras, solo tres. Y, sin embargo, no dejaban de repetirse en su cabeza.—¿Qué te dijo? —preguntó Samuel al verla pasar.—Que mañana voy a presentar una parte del Proyecto Horizonte.Samuel levantó las cejas.—Vaya…—¿Eso es bueno o malo?Él sonrió.—Es una responsabilidad enorme.Pero también es una oportunidad.Valeria se acercó con una taza de café.—¿Nerviosa?—Muchísimo.—Perfecto.Eso significa que te importa.Emilia dejó la carpeta sobre el escritorio.—¿Y si me equivoco?Valeria negó con la cabeza.—Te vas a equivocar.Emilia la miró sorprendida.—¿Cómo?—Todos nos equivocamos.La diferencia está en lo que hacemos después.Emilia sonrió.—Esa frase ya la escuché antes.—¿De Adrián?—Sí.Samuel soltó una pequeña risa.—Después de tantos años trabajando con él, sin querer terminamos hablando igual.Los tres rieron.La tensión disminuyó un poco.Las horas
El teléfono seguía en la mano de Adrián. Nadie habló. Samuel fue el primero en romper el silencio.—Acaban de llegar hace unos minutos. Están en la sala del consejo.Adrián respiró hondo.—¿Quiénes saben?—Solo los directivos.Adrián asintió.—Bien.Miró a Emilia.Después a Samuel.—Mañana hablaremos con calma. Por hoy, váyanse a casa.Nadie discutió.El ambiente ya era demasiado pesado.Esa noche… Emilia apenas pudo dormir, no dejaba de pensar en la editorial. Llevaba solo unos días trabajando allí. Pero ya sentía que ese lugar era diferente.No quería imaginar los pasillos vacíos. Ni los escritorios sin gente. Ni los libros cambiando de manos. “Ojalá todo se arregle…” Pensando en eso, finalmente se quedó dormida.A la mañana siguiente…El ascensor se abrió en el piso doce.Emilia salió con su libreta en una mano y un café en la otra.Se detuvo.—Bueno…Esta vez llegaste sano y salvo.Miró el vaso.—Los dos.Sonrió para sí misma.—Buenos días.Valeria apareció con una carpeta enorme





Último capítulo