La primera reunión

Las risas fueron apagándose poco a poco. Emilia todavía tenía la mano de Adrián entre la suya… La soltó enseguida.

—Mucho gusto… —dijo, intentando sonar tranquila.

—Igualmente.

Adrián volvió a su lugar como si nada hubiera pasado. En cambio, Emilia seguía sintiendo las mejillas calientes.

“Qué vergüenza…”

Laura dejó una carpeta sobre la mesa.

—Bueno, ahora que ya todos se conocen, voy a dejar a Emilia en sus mejores manos.

Sonrió y salió de la sala.

Apenas la puerta se cerró, una chica de cabello rizado se levantó de su silla.

—Hola, soy Valeria.

Le dio un abrazo antes de que Emilia pudiera reaccionar.

—Bienvenida al equipo.

Emilia sonrió.

—Gracias.

—Y tranquila…

Bajó la voz.

—Todos hacemos el ridículo el primer día.

Emilia soltó una risa.

—Creo que yo me esforcé un poquito más.

—Sí…

Valeria miró a Adrián de reojo.

—Lo del café va a ser difícil de superar.

Las dos rieron.

—Valeria…

La voz de Adrián fue suficiente para que ella levantara las manos.

—Ya, ya… prometo comportarme.

Samuel, que estaba sentado al otro lado de la mesa, negó con la cabeza mientras sonreía.

—No le hagas caso. Habla demasiado.

—Eso dicen las personas aburridas.

—Eso dicen las personas que llegan tarde a todas las reuniones.

—¡Solo llegué tarde una vez!

—Tres.

—Dos.

—Tres.

Emilia los observó divertida.

Por primera vez desde que había llegado, dejó de sentirse como una extraña.

—¿Podemos empezar? —preguntó Adrián.

El silencio volvió de inmediato. Adrián encendió la pantalla principal. En letras grandes apareció el nombre del proyecto: PROYECTO HORIZONTE”

—Dentro de cuatro meses se realizará la Feria Internacional del Libro.

Cambió la diapositiva.

—Este proyecto definirá el futuro de la editorial durante los próximos años.

Nadie hablaba.

Todos estaban atentos.

—Necesitamos nuevas ideas.

Ideas que acerquen los libros a nuevos lectores. Ideas que hagan que la gente vuelva a enamorarse de la lectura.

Entonces levantó la vista.

—Señorita Torres.

Emilia sintió un pequeño sobresalto.

—Sí.

—Durante la entrevista habló de transformar la experiencia del lector.

Hizo una breve pausa.

—Convénzanos.

Por un segundo, Emilia pensó que había escuchado mal.

—¿Ahora?

—Ahora.

Todas las miradas se dirigieron hacia ella.

“Respira.”

Se puso de pie lentamente; no tenía una presentación… No tenía diapositivas; solo tenía una idea.

—Creo que cometemos el mismo error una y otra vez.

La sala quedó en silencio.

—Nos esforzamos por vender libros.

Pero olvidamos enamorar a lectores.

Valeria dejó de escribir.

Samuel levantó la vista.

Incluso Adrián parecía escuchar con más atención.

—Cuando alguien termina una buena historia… No quiere que termine, quiere hablar de ella, compartirla, recomendarla, sonreír al recordarla.

Emilia dio un paso hacia la pantalla.

—¿Y si hacemos que la historia empiece antes de comprar el libro?

Ahora toda la sala la observaba.

—Podemos crear juegos, pistas, mensajes de los personajes, retos para los lectores…

Que sientan que ya hacen parte de la historia.

No solo que compraron un libro.

Cuando terminó, nadie habló durante unos segundos.

El silencio la puso nerviosa.

Hasta que Samuel sonrió.

—A mí me gusta.

—A mí también —dijo Valeria.

Otros compañeros comenzaron a asentir.

Adrián cerró la carpeta que tenía sobre la mesa —Es una buena idea; fueron solo cuatro palabras, pero Emilia sintió un enorme alivio. La reunión terminó casi una hora después.

Mientras todos salían, Adrián habló sin levantar la voz.

—Señorita Torres.

Ella se detuvo.

—¿Sí?

—Acompáñeme un momento.

Valeria abrió mucho los ojos.

Samuel fingió toser para esconder una sonrisa.

Emilia respiró hondo. “Ya me van a decir que hice algo mal.” Entró a la oficina de Adrián.

Era amplia, muy ordenada, demasiado ordenada… Había libros; muchos libros. Pero ninguna fotografía, ningún recuerdo. Nada que hablara de su vida.

Adrián cerró la puerta.

—Siéntese.

Ella obedeció.

Él permaneció de pie.

—Quería felicitarla.

Emilia levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—Su propuesta fue buena.

No esperaba escuchar eso.

—Gracias.

Adrián apoyó las manos sobre el escritorio.

—Pero quiero darle un consejo.

Ella asintió.

—No vuelva a disculparse tantas veces.

Emilia frunció el ceño.

—¿Cómo?

—En menos de una hora me pidió disculpas cuatro veces.

Ella abrió la boca para responder.

—Yo…

Se detuvo.

Los dos entendieron lo que acababa de pasar.

Adrián dejó escapar una sonrisa muy pequeña.

—Exacto.

Emilia no pudo evitar reír.

—Lo intentaré.

—Confíe más en usted; está aquí porque se ganó este lugar, no porque alguien le hiciera un favor… Aquellas palabras quedaron dando vueltas en su cabeza; no esperaba salir de esa oficina sintiéndose… más segura.

Cuando llegó la hora del almuerzo, Valeria apareció con dos cafés.

—Esta vez vienen con tapa.

Las dos rieron.

—¿Cómo te fue con Adrián?

—Me felicitó.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Y me dio un consejo.

—Espera…

¿El mismo Adrián Montenegro?

—Creo que sí.

—Llevo cinco años trabajando aquí.

Nunca felicita a nadie el primer día.

Emilia bajó la mirada. No sabía por qué, pero esa noticia le provocó una sonrisa.

Desde el otro lado de la cafetería, Samuel observó la escena.

Miró a Adrián.

Después volvió a mirar a Emilia.

Y murmuró para sí mismo:

—Esto va a ser interesante…

Porque conocía a su amigo.

Y acababa de notar algo que los demás todavía no veían.

Adrián había mirado a Emilia dos veces…

Sin darse cuenta…

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App