Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta del ascensor se cerró. Emilia se quedó inmóvil unos segundos; todavía podía escuchar la voz de Adrián… “Mañana hablaremos.” Miró la libreta que llevaba entre las manos. No entendía qué había pasado con aquella llamada; una cosa estaba clara: había algo que preocupaba a Adrián…
Y no parecía ser un problema cualquiera.
Sacudió la cabeza. —No es asunto mío. Entró al ascensor. Era hora de ir a casa.
A la mañana siguiente…
Emilia llegó unos minutos antes de las ocho.
Esta vez llevaba el café bien sujeto.
—No pienso repetir la historia del primer día —murmuró sonriendo.
—¡Buenos días!
Valeria apareció con dos vasos de café.
—Uno es para mí.
Y el otro… también.
Emilia soltó una risa.
—¿Ya desayunaste?
—El café cuenta como desayuno.
—Eso explica muchas cosas.
Las dos entraron riendo al departamento.
Samuel ya estaba frente a su computador.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron las dos al mismo tiempo.
—¿Y Adrián?
Samuel miró el reloj.
—Debe estar por llegar.
Como si lo hubiera escuchado, la puerta del ascensor se abrió.
Adrián caminó hasta su oficina.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió el equipo.
Emilia levantó la vista.
Él también la miró.
Solo un segundo.
Después entró a su oficina.
Cinco minutos más tarde, la puerta volvió a abrirse.
—Sala de reuniones. En dos minutos.
Era la voz de Adrián.
Nadie hizo preguntas.
Todos tomaron sus libretas.
Adrián esperaba de pie frente a la pantalla.
No perdió tiempo.
—Acaban de adelantar la presentación del Proyecto Horizonte.
Samuel frunció el ceño.
—¿Cuánto la adelantaron?
—Una semana.
El silencio llenó la sala.
Valeria fue la primera en hablar.
—Eso es imposible.
—No.
Es difícil.
Pero no imposible.
Adrián cambió la diapositiva.
—Necesito una propuesta lista para mañana a las nueve.
Emilia abrió los ojos.
—¿Mañana?
—Sí.
Samuel soltó un largo suspiro.
—Definitivamente hoy nadie sale temprano.
Por primera vez esa mañana, Adrián sonrió apenas.
—Me alegra que lo entiendas.
La reunión terminó diez minutos después. Todos salieron hablando al mismo tiempo… Todos menos Emilia. Ella seguía mirando el tablero lleno de ideas.
—Señorita Torres.
Adrián habló desde la puerta.
—¿Puede quedarse un momento?
—Claro.
Cuando quedaron solos, Adrián cerró la puerta.
—Su idea sobre crear experiencias para los lectores sigue siendo la más sólida. Por eso quiero que la presentación la hagamos juntos.
Emilia sintió una mezcla de emoción y nervios.
—Haré mi mejor esfuerzo.
—No espero eso.
Ella lo miró confundida.
—Espero que haga un excelente trabajo.
Por primera vez, esas palabras no sonaron como presión.
Sonaron como confianza.
Las horas pasaron rápido.
Muy rápido.
Los dos trabajaban frente a una pared llena de notas adhesivas.
—¿Y si invitamos a los lectores a descubrir el final de una historia a través de pistas? —preguntó Emilia.
Adrián escribió la idea.
—Me gusta.
Ella sonrió.
—Es la segunda vez que dice eso.
—¿Lo está contando?
—Un poco.
Él negó con la cabeza, divertido.
—No debería.
A las seis de la tarde, la oficina estaba casi vacía.
Valeria apareció por la puerta.
—No me digan que siguen aquí.
Samuel levantó la mano.
—Yo me voy.
Mucha suerte.
Van a necesitar café.
—Y paciencia —añadió Valeria.
Antes de salir, miró a Emilia.
—Si sobrevives, mañana me cuentas.
El edificio quedó en silencio.
Solo se escuchaban los teclados.
Emilia se estiró en la silla.
—Creo que mi cerebro dejó de funcionar hace una hora.
Adrián levantó la vista.
—Entonces es momento de hacer una pausa.
Se puso de pie y salió de la oficina.
Emilia aprovechó para revisar las diapositivas.
Cinco minutos después…
Él regresó con una bolsa de papel.
La dejó sobre el escritorio.
—¿Qué es esto?
—Comida.
Ella lo miró sorprendida.
—No podemos seguir trabajando con hambre.
Emilia sonrió.
—Gracias.
—No me lo agradezca todavía. Mañana, cuando la presentación salga bien, ahí sí. Los dos comenzaron a comer mientras revisaban las últimas ideas.
Por primera vez en todo el día… El trabajo dejó de sentirse como trabajo. Faltaban pocos minutos para terminar. Emilia hizo clic para guardar la presentación. La pantalla se congeló.
Frunció el ceño.
—Qué raro…
Intentó otra vez.
Nada.
El computador dejó de responder.
—Adrián…
Él se acercó.
—¿Qué pasó?
—No responde.
En ese momento, la pantalla se apagó por completo.
Los dos se quedaron en silencio.
Emilia sintió un nudo en el estómago.
—Por favor… dime que esto no está pasando.
Adrián respiró hondo.
Miró el computador.
Luego la miró a ella.
Y dijo con absoluta calma:
—No se mueva.
Voy a llamar al área de sistemas.
Pero, antes de que pudiera dar un paso…
La puerta de la oficina se abrió de golpe.
—¡Adrián!
Era Samuel.
Respiraba agitado.
—Tenemos un problema.
Uno muy grande.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
Samuel tragó saliva antes de responder.
—Acaban de anunciar que quieren comprar Ediciones Áurea.
El silencio fue absoluto.
Emilia miró a Adrián.
Por primera vez desde que lo conocía…
Vio miedo en sus ojos.







