Las reglas del jefe

Emilia salió de la cafetería con el café en una mano y una carpeta en la otra.

Todavía estaba pensando en las palabras de Valeria.

“Nunca felicita a nadie el primer día.”

Sin darse cuenta, sonrió.

Tal vez Adrián Montenegro no era tan frío como parecía.

—¿Hablas sola o estás ensayando un discurso?

Valeria apareció a su lado con una galleta en la mano.

—Las dos opciones son un poco preocupantes.

Emilia rio.

—Solo estaba pensando.

—Cuidado.

Pensar demasiado en esta empresa tiene efectos secundarios.

—¿Como cuáles?

—Empiezas hablando de libros…

Y terminas soñando con fechas de entrega.

Las dos soltaron una carcajada.

La tarde pasó entre correos, reuniones cortas y montañas de manuscritos.

Emilia apenas estaba terminando de organizar su escritorio cuando alguien golpeó suavemente el separador de vidrio.

Era Samuel.

—¿Tienes un minuto?

—Claro.

Él dejó una carpeta sobre la mesa.

—Adrián quiere que trabajes conmigo en la primera propuesta del Proyecto Horizonte.

Emilia abrió los ojos.

—¿Ya?

—Cuando Adrián cree en una idea, no le gusta perder tiempo.

Ella tomó la carpeta.

Estaba llena de notas, estadísticas y antiguos proyectos de la editorial.

—Tenemos una reunión mañana a las ocho.

—A las ocho en punto, ¿verdad?

Samuel sonrió.

—Ya aprendiste la primera regla.

—¿Hay más?

—Muchas.

Pero nadie te las explica.

Las descubres cuando las rompes.

Cinco minutos después, Valeria llegó con una silla y se sentó junto al escritorio de Emilia.

—¿Samuel ya empezó con las historias?

—Un poco.

—No le creas todo.

Le encanta exagerar.

Samuel levantó la vista desde su oficina.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ves?

Ni siquiera estaba escuchando y respondió.

Los tres rieron.

Por primera vez desde que había llegado, Emilia sintió que pertenecía a ese lugar.

Al final de la tarde, la oficina comenzó a vaciarse.

Unos se despedían.

Otros apagaban los computadores.

Valeria tomó su bolso.

—¿Te vienes?

Emilia miró la pantalla.

—En cinco minutos.

Solo quiero terminar esto.

—No te demores.

Aquí, después de las seis, el edificio parece una película de misterio.

—Qué exagerada.

—Mañana me cuentas si sigo exagerando.

Valeria salió riendo.

El reloj marcó las seis y veinte.

Emilia guardó el último documento y apagó el computador.

Cuando pasó frente a la oficina de Adrián, la puerta estaba entreabierta.

No quería mirar.

Pero miró.

Él seguía trabajando.

Solo.

La chaqueta descansaba sobre el respaldo de la silla.

Las mangas de la camisa estaban dobladas hasta los antebrazos.

Leía un manuscrito mientras hacía anotaciones con un lápiz.

Parecía tan concentrado que no notó su presencia.

”¿Siempre será el último en irse?”, pensó.

Siguió caminando.

Justo cuando estaba por entrar al ascensor…

—Señorita Torres.

Se giró.

Adrián estaba en la puerta de su oficina.

—¿Sí?

—Olvidó esto.

Le mostró una libreta.

La misma que había usado durante la reunión.

Emilia regresó.

—Gracias.

La tomó entre las manos.

—Creo que hoy ya es la segunda vez que olvido algo.

—La primera semana suele ser así.

Ella sonrió.

—¿También le pasó?

Adrián tardó un segundo en responder.

—No.

Emilia levantó una ceja.

—¿Nunca olvidó nada?

Él negó con la cabeza.

—Olvidé muchas cosas.

Pero nunca una libreta.

Ella soltó una pequeña risa.

—Eso sonó muy a usted.

Por primera vez, Adrián no respondió de inmediato.

La observó unos segundos.

Después preguntó:

—¿Y cómo soy yo?

Emilia abrió los ojos.

No esperaba esa pregunta.

—Bueno…

Creo que…

Se quedó pensando.

—Es muy organizado.

Muy puntual.

Muy serio.

Y…

Él esperó.

—…creo que no le gustan mucho las sorpresas.

Un silencio corto se instaló entre los dos.

Hasta que Adrián hizo algo inesperado.

Sonrió apenas.

—No se equivoca.

Emilia sintió una pequeña victoria.

Había logrado hacerlo sonreír.

Otra vez.

En ese momento sonó un teléfono.

Era el de Adrián.

Miró la pantalla.

La expresión de su rostro cambió por completo.

Respondió de inmediato.

—¿Qué pasó?

Escuchó durante unos segundos.

Todo el buen humor desapareció.

—Voy para allá.

Colgó.

Tomó las llaves del escritorio.

Pasó junto a Emilia casi sin mirarla.

Pero antes de irse dijo:

—Mañana hablaremos.

Y salió caminando con tanta prisa que ella apenas alcanzó a verlo entrar al ascensor.

Emilia permaneció inmóvil.

No entendía qué acababa de pasar.

Solo sabía una cosa.

La sonrisa de Adrián había desaparecido en menos de diez segundos.

Y esta vez…

No parecía un problema de trabajo.

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