Dentro del auto los envolvió un silencio opresivo, tan denso que parecía absorber incluso el ruido del motor. Alexander mantenía la mirada fija en la carretera, su perfil tenso y marcado por una expresión que oscilaba entre la furia y algo más insondable. Tamborileaba los dedos sobre la rodilla, siguiendo un compás específico, como si estuviese escuchando una melodía que solo sonaba para él.
Emilia, por su parte, permanecía con la cabeza recostada en la ventana, sintiéndose atrapada en un torbe