El salón principal de la mansión estaba impregnado de una calma irreal. El rugido de la tormenta nocturna se filtraba a través de las ventanas rotas, acompañado por el crujir ocasional de escombros bajo las botas de los oficiales que revisaban la escena. Alexander avanzaba tambaleante, con cada paso dejando un rastro de sangre que se mezclaba con los restos del enfrentamiento. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, pero su mente estaba en un solo objetivo: encontrar a Emilia.
Los candelabros de