El rugido del motor y el traqueteo del camino llenaban los oídos de Emilia mientras intentaba calmar su respiración. Sus manos estaban atadas con fuerza, la cuerda mordía su piel, y la venda sobre sus ojos la dejaba completamente a merced de sus captores. Cada sacudida del vehículo aumentaba su desorientación, y el miedo comenzaba a instalarse como un peso en su pecho.
Intentaba no dejarse consumir por el pánico, pero las palabras de Alexander resonaban en su mente:
« La curiosidad no solo mata