El Oblivion brillaba con una intensidad distinta esa noche. Las luces violáceas acariciaban las curvas de los sillones de terciopelo y el sonido del jazz se fundía con las risas espesas de los clientes.
Emilia caminaba con elegancia eficiente entre las mesas, vestida con el uniforme negro del club que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel; llevaba sus ojos delineados con más fuerza que de costumbre y las pestañas espesas y curvadas le daban un aire de mujer intenso a su mirada.
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