El sol ya había comenzado a descender sobre el horizonte cuando Valentín y Alma, aún en su yate anclado cerca de los cayos, se dieron cuenta de que el combustible se había agotado por completo. Llevaban casi cuarenta minutos esperando, sin señal en sus teléfonos y sin posibilidad de volver a tierra firme por sus propios medios.
—Esto es increíble… —murmuró Valentín, revisando por quinta vez los niveles con el ceño fruncido, la mandíbula tensa—. Se suponía que si llegaríamos.
Una punzada de frus