Una vela fue encendida en la penumbra. La llama parpadeó tímidamente, como si temiera la magnitud de lo que estaba por iniciar.
En el centro de una antigua iglesia, una mesa larga descansaba bajo el peso simbólico de pequeños santos de yeso, copas de vino tinto espeso, pañuelos blancos doblados con precisión, y un cuchillo antiguo con mango de marfil.
El silencio era denso.
La atmósfera, solemne.
A la par de la preparación, la cámara de la vida se movía en fragmentos.
Alma Rossi se enfundaba un