A media cuadra del portón principal, Cipriano bajó el vidrio, arrancó la espoleta de una granada de humo y la lanzó en parábola perfecta. Rebotó en la entrada y empezó a vomitar una nube densa, gris, que lamió el cerco y apagó formas.
—¡Movimiento en principal! —se oyó por los radios enemigos.
La caseta se vació, dos vigilantes corrieron, otros se asomaron con las armas a media altura, titubeando.
La nube hizo el resto.
Enzo aceleró, frenó brusco frente al portón con el blindaje por delante. Lo