La cámara tomó aire antes que ella.
Alma Rossi apareció con pelo rojo cortado a la altura de la clavícula, cejas más finas, lentes de marco claro.
La peluca estaba anclada con clips que dolían como garras discretas; el tinte de las cejas le ardía todavía si fruncía.
Detrás, una plaza en Sudamérica, bancas de hierro, vendedores de empanadas, palomas que no han aprendido el miedo, una bandera que se resistía a colgarse por completo.
Era verdad a medias, estaba cerca del mar, pero el mar no salía