El día siguiente, Robert Lane cerró la carpeta de contabilidad con ese chasquido que le decía al cerebro que podía dejar de sumar como arma.
Salió de su oficina con el saco gris perfecto, el reloj alineado, el gesto de siempre que dice “todo bajo control”. Sus dos hombres lo flanquearon como puertas.
—El teléfono —dijo de golpe, tocándose el bolsillo y encontrándolo vacío. La novia, a veces, le mandaba audios largos.
Volvió sobre sus pasos, abrió la puerta con un gesto automático y entró.
La ex