ISABELA LA ENVIADA

La herida en el costado le dolía con latido propio; se llevó la mano abierta al vendaje, como si con eso pudiera sostenerse de algo.

—No sé dónde están —admitió, dejando las palabras caer como piezas—. Gustavo no me lo decía. Nunca me dijo dónde se reunían. —Se apretó los labios—. Pero hay un hombre.

—¿Qué hombre? —La pregunta de Alma salió sin pri

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