Mundo ficciónIniciar sesiónAl atardecer, la casa bajó las armas de la mirada y subió un ritual.
En el muelle, la madera tibia bajo los pies descalzos, Alma llevó al niño en brazos y Valentín, a su lado, metió una mano en el bolsillo para contar tres piedritas que había elegido en la mañana, redondas, sin aristas.
—Una por cada uno —dijo ella, colocándolas en la palma de Valentín—. Si nos separan, el mar sabrá devolvernos.
—No me hables de separarnos —murmuró él, pero su voz se volvió tierna cuando







