El departamento era un búnker disfrazado de paraíso, el aire olía a madera pulida y jabón caro, con una leve fragancia de sal marina filtrándose por los ventanales herméticos. Las paredes de cristal polarizado aislaban todo sonido exterior, dejando que el zumbido del silencio y el leve tic-tac de un reloj moderno fueran lo único que se escuchaba.
El aire acondicionado mantenía la temperatura fría, casi quirúrgica, como si hasta el clima conspirara para borrar cualquier rastro de emoción.
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