La mañana olía a cloro de madrugada y café quemado. A las 9:15, la ciudad todavía bostezaba cuando en la mansión Rossi empezó el ballet de las salidas, dos autos por casa, dos desde Coconut Grove, dos desde Pembroke Pines, dos desde el hotel Rossi. Una coreografía de sombras diseñada para despistar.
A las 9:27 en punto, los portones de la mansión Rossi se abrieron como párpados cansados y el primer sedán negro se deslizó hacia la calle, impecable, reflejando el sol como una armadura pulida. El