—Tengo aún mi anillo de compromiso —dijo, mirándose la mano en la semioscuridad—, oro blanco con una muesca invisible salvo a la luz de luna, recuerdo de aquella noche en que la promesa se hizo en New York, y quizá por eso lo atesoro, porque sobrevivió hasta el día de hoy, sin embargo ahora quiero el otro, el de casada, quiero esa certeza atada a la piel, no por apariencia ni por protocolo, sino porque quiero llamarte esposo, y que tú me llames esposa, y que el mundo no sea más fuerte que esta