Las horas pasaban lentas, pesadas, como gotas de plomo que caían sobre los hombros de Savannah. Sentada en la sala de espera, sentía que cada minuto era una tortura insoportable. El reloj de la pared avanzaba con un tictac cruel, recordándole que su hijo estaba tras aquellas puertas cerradas, luchando por su vida y ella no podía hacer más que esperar, rezar y confiar en los médicos.
Se levantaba, caminaba de un lado a otro, se sentaba de nuevo, se cubría el rostro con las manos y rezaba en sile