Santino, enojado y sin contener por más tiempo su ira, apartó a la chica de su regazo y sacó su arma en tanto se ponía de pie y le apuntaba directamente a Massimo.
Todos los hombres reaccionaron al mismo tiempo, apuntando de un lado hacia el otro, algunos protegiendo a Santino otros dispuestos a abrir fuego si Massimo lo ordenaba.
Domenico maldijo entre dientes y tiró al suelo a la chica con la que estaba coqueteando, para sacar su arma y apuntarle de vuelta a Santino. No iba a permitir que nadie le arrebatara a su gemelo, antes de que eso sucediera, sería capaz hasta de dar su vida por protegerlo.
El único que no reaccionó y se mantuvo impasible fue Massimo, que volvió a rodar la moneda sobre la mesa mientras miraba a Santino dejar caer la máscara que por años había usado delante de él.
—No eres más que un desagradecido —escupió, furioso—. Te saqué de las calles, te di comida, te di la maldita mano y me has pagado con traición. He dejado pasar tus faltas de respeto y errores porque e