Massimo cargó a Savannah hasta la habitación y la tiró en la cama una vez entró. Ella soltó un gritito que se ahogó cuando él presionó su boca contra la de ella, hambrienta y desesperada, al mismo tiempo que deslizaba sus manos por todo su cuerpo y colaba una entre sus piernas por encima de la ropa.
El hombre gimió y la besó más profundo al sentir el calor que irradiaba su sexo, deseoso de hundirse en ella cuanto antes y hacerle gritar su nombre. No tenía suficiente de ella, cada vez que la hacía suya, su parte obsesiva la reclamaba cada vez más, como si no fuera posible poseer un poco más a un persona.
Se separó de ella y la observó, tenía las mejillas sonrosadas, el cabello oscuro revuelto sobre el edredón y la mirada obnubilada por el placer. El deseo aumentó y su verga palpitó en sus pantalones.
Le sonrió y se deleitó al ver cómo se sonrojaba un poco más, antes de quitarle los zapatos y poco a poco la ropa, pasando sus manos con suavidad y delicadeza.
Savannah de estremecía bajo s