Savannah observaba a Mateo dormir profundamente, su pequeño pecho subiendo y bajando con una cadencia que la hipnotizaba. Aquel niño era su ancla, su razón de ser, su motivo de seguir respirando cuando todo lo demás parecía derrumbarse.
Le acarició el cabello con la yema de los dedos y luego miró la hora. Ya habían pasado largos minutos desde que Massimo había salido furioso de la habitación. No había vuelto, aunque tampoco era lo que esperara—, y el miedo a que su enojo terminara costándole el