—Alejandro… por favor —susurró, cuando se percató de que él seguía esperándola del otro lado de la puerta. Había pasado mucho tiempo; no sabía cuánto, pero él seguía ahí—. Vete. Necesito estar sola.
—Selene… ¿qué pasó? ¿Te lastimé? —Su voz, cargada de preocupación, le partió el corazón; porque sabía, solo sabía, que se estaba culpando de algo que en realidad no era su culpa.
—No… solo vete —repitió con las lágrimas cayendo sin control. Tenía el cuerpo curvado como si quisiera hacerse pequeña y