Leyó la frase una, dos, tres veces, antes de alzar la mirada y encontrarse con esos pozos negros, tan profundos que parecían invitarla a caer en ellos.
—¿Musa? —tartamudeó.
Él cerró el libro con simpleza y se lo entregó.
—¿No me recuerdas, Diana?
Su ceño se acentuó, mientras negaba lentamente con la cabeza.
—No —musito lentamente.
—Es una pena. —Intentó levantarse y ella lo sujetó de la chaqueta.
—Sé más claro —pidió.
—Gaspar Alcasa, ¿te suena?
Hizo un intento por recordar, por tratar de dar