Ahora, como esposos, se mudaron juntos a una mansión con un enorme jardín, árboles centenarios y un columpio; todo lo que un niño de casi cinco años necesitaba para crecer libre.
Era perfecta para que Alan corriera, gritara y jugara. Su pequeño se había enamorado del lugar desde el primer día: corría descalzo por el césped, perseguía mariposas, construía castillos de barro y gritaba: «¡Mamá, mira!», cada vez que encontraba algo nuevo.
Y, aunque su hijo estaba fascinado, ella empezaba a sentir q