No dejaba de retorcerse las manos en el regazo mientras se preguntaba si estaba haciendo lo correcto. Las dudas y los miedos no se iban, a pesar de que estaba poniendo de su empeño.
—Deja tus manos quietas ya, Selene —le dijo el hombre sin apartar la vista de la carretera—. Te vas a lastimar.
Se quedó rígida, dándose cuenta de que se estaba clavando las uñas en la palma y que estas le ardían. En su defensa, solamente podía decir que esto no era fácil. Nada lo era.
—No te voy a comer, cariño. De