CAMILA
La sangre tiene un olor particular. Metálico, denso, como monedas oxidadas. Ese olor impregnaba ahora el pasillo este de la mansión, donde el cuerpo de Rodrigo Saldívar, uno de los lugartenientes más antiguos del cártel, yacía con tres impactos de bala en el pecho.
Me quedé inmóvil frente al cadáver. No era la primera vez que veía la muerte de cerca, pero sí la primera que sentía todas las miradas convergiendo en mí como dagas silenciosas. Veinte hombres armados formaban un semicírculo a