El silbido de la primera bala rasgó el aire a centímetros de mi oído. Instintivamente, empujé a Camila contra el suelo y cubrí su cuerpo con el mío. El tiempo se ralentizó mientras evaluaba la situación: tres SUVs negros bloqueando la salida del restaurante, al menos ocho hombres armados, y nosotros atrapados en la terraza como peces en un barril.
—No te muevas —le ordené, sintiendo su respiración agitada contra mi pecho.
Sus ojos, dilatados por el miedo, me miraban fijamente. No era el terror