La luz mortecina del atardecer se filtraba por las persianas, dibujando líneas doradas sobre los documentos que había dispuesto meticulosamente sobre la mesa. Cada papel, cada fotografía, cada transcripción era una pieza del rompecabezas que destruiría a Elías Montoya. Y yo, Julián Rivas, sería quien recogería los pedazos.
Revisé mi reloj. Camila llegaría en cualquier momento. La había citado en este departamento franco en las afueras de la ciudad, un lugar que ni siquiera mi padre conocía. Un