El silencio entre nosotros era como un cristal a punto de romperse. Camila sostenía mi teléfono en sus manos, la pantalla iluminando su rostro con un resplandor azulado que acentuaba la dureza de su mirada. Las fotografías seguían ahí, expuestas como heridas abiertas: ella saliendo de la universidad, comprando café, trabajando en la biblioteca. Momentos robados de una vida que creía privada.
—¿Desde cuándo? —su voz era apenas un susurro, pero cortaba como navaja.
Me pasé la mano por el rostro.