El agua caliente caía sobre mi cuerpo como un manto protector, pero ni siquiera el vapor podía disolver la sensación de estar siendo observada. Llevaba tres días viviendo en la mansión Montoya, tres días de miradas oblicuas, susurros interrumpidos cuando entraba a una habitación, y la constante sombra de Elías siguiéndome como un depredador paciente.
Cerré la llave y me envolví en una toalla. El espejo empañado me devolvió una versión difusa de mí misma, como si hasta mi reflejo dudara de quién