El silencio de la mansión me asfixiaba. Tres días encerrada y las paredes comenzaban a hablarme. Tres malditos días desde que Elías había decidido que, para "protegerme", debía convertirme en prisionera de mi propia casa.
Nuestra casa. La jaula dorada que compartíamos.
Me detuve frente al ventanal blindado de la biblioteca. Afuera, cuatro hombres armados patrullaban el perímetro. Otros dos custodiaban mi puerta. Uno más vigilaba las cámaras. Todos con órdenes estrictas: la señora Montoya no sal