El cristal de la copa tintineó contra sus dientes, un sonido metálico que cortó el silencio sepulcral de la estancia. Castiel apuró el líquido ámbar, sintiendo cómo el alcohol quemaba su garganta y, con suerte, incineraba el nudo de acero que se le había formado en el pecho. Nunca, en sus treinta años de vida, se había sentido tan expuesto. Para un hombre que había construido un imperio sobre la base de la frialdad y el cálculo, mostrar el corazón era como entregarle a un enemigo el arma cargad