Ella permanecía de pie, al borde de la cubierta, con los dedos de los pies encogidos sobre la madera pulida. El mar, una vasta extensión de terciopelo oscuro bajo la luz de la luna, la llamaba y la aterraba a partes iguales. La duda era una punzada fría en su estómago; no sabía nadar. Para ella, el agua no era solo un elemento recreativo, sino un monstruo silencioso que acechaba para robarle el aliento. Sin embargo, había algo más fuerte que el miedo: la presencia de Castiel. Esa mezcla de adre