Las notas del piano, sutiles y elegantes, flotaban en el aire como hilos de seda, envolviendo a los invitados en una burbuja de falsa cordialidad. Castiel sentía el nudo de su corbata más apretado de lo habitual; la presencia de su familia, con sus juicios silenciosos y sus sonrisas de plástico, le resultaba asfixiante.
Alzó la mirada y se encontró con los ojos de Yestin. En medio de aquel despliegue de joyas y apellidos antiguos, ella era lo único real.
—Si nos disculpan —soltó Castiel, co