El peine de plata se deslizaba con un siseo metálico por las hebras rubias de Chloe. Ella no solo se peinaba; se estaba coronando frente al espejo. Sus ojos, inyectados con un brillo de malicia casi infantil, devoraban su propio reflejo. Estaba satisfecha. No, estaba eufórica. En ese preciso instante, mientras el frío del metal rozaba su cuero cabelludo, sabía que el engranaje que había soltado empezaba a triturar la paz de Castiel.
Porque había una regla no escrita en su mundo: si Chloe no ten