El silencio en la habitación era tan pesado que Yestin podía escuchar el latido apresurado de su propio corazón. Sostenía la caja del teléfono con una firmeza que le ponía blancos los nudillos. Castiel la observaba, esperando una reacción de gratitud, una chispa de alegría que validara su esfuerzo por "arreglar" las cosas. Él forzó una sonrisa, de esas que no llegan a los ojos, y por un segundo creyó que ella mordería el anzuelo cuando vio sus labios curvarse ligeramente.
Pero el aire cambió. L