El eco de sus propios tacones sobre el mármol del club le devolvía a Alma una seguridad que, en el fondo, se le estaba escapando entre los dedos. Caminaba por los corredores con esa barbilla en alto, esa que decía "aquí mando yo", aunque por dentro las tripas se le retorcieran de puro coraje. Antes de llegar a las escaleras, se detuvo. Un pequeño respiro, un ajuste rápido a la correa de su bolso.
Desde ahí arriba, la vista era privilegiada. Abajo, en el hervidero de luces neón y humo de tabaco