Capituló 19
Se acercó al ventanal, apoyando las yemas de los dedos contra el cristal frío. Desde esa altura, los autos parecían juguetes deslizándose por un tablero de ajedrez perfecto. Observó con la respiración contenida, esperando ver el vehículo del señor Santiago alejarse, confirmando que se había ido. Sin embargo, una duda persistente la asaltó: ¿era posible que el señor De la Rúa fuera el único dueño de ese palacio de cristal y acero? En su mundo, diez personas compartían un cuarto; aquí, el espacio
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