Capituló 18
El amanecer se filtró por las finas cortinas de seda, no como una caricia, sino como una intrusión. La luz hería los ojos de Yestin, obligándola a salir del refugio del sueño para enfrentar la realidad de ese techo desconocido. Se quedó allí, inmóvil, observando las molduras de yeso mientras sus manos apretaban instintivamente las cobijas. Tenían un color que le revolvía el estómago; un tono apagado que le recordaba a la ropa vieja, a la suciedad, a todo lo que siempre había querido dejar atrás.