Capítulo 20
El peso del apellido De la Rúa no se medía en lingotes de oro, sino en la presión arterial que hacía latir las sienes de Castiel con la fuerza de un martillo hidráulico. Esa tarde, el aire en su oficina se sentía denso, viciado por el olor a tinta de seguridad y decisiones multimillonarias. Había firmado documentos que moverían mercados, pero el costo personal era una migraña que amenazaba con fracturarle el cráneo.

Le fascinaba el control, sí. Era un adicto a la sensación de ser el arquitecto
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