La atmósfera era espesa, casi sólida. Clay no solo buscaba satisfacer un deseo; buscaba romper a la joven bajo su cuerpo. Con una sonrisa cargada de una lascivia que rayaba en lo animal, deslizó su mano con brusquedad bajo la seda fina de las bragas de Yestin.
El contacto fue una invasión gélida. Sintió la humedad de la zona, una respuesta biológica que a Clay lo envalentonó, interpretándola erróneamente como deseo cuando no era más que el pánico absoluto de un cuerpo acorralado. La calidez de