El motor del auto de Joseph aún roncaba, soltando pequeñas bocanadas de humo gris en la penumbra del callejón, cuando Yestin saltó del vehículo. Ni siquiera se despidió; el pánico era un motor mucho más potente que la cortesía. Sus pies golpearon el pavimento húmedo y corrió hacia la puerta trasera del club, ese umbral que dividía el mundo exterior de la jaula de terciopelo y humo que llamaba hogar.
Al entrar, el contraste la golpeó de frente. El aire estaba saturado de una mezcla espesa de per