Joseph, tras la barra, limpiaba mecánicamente el mismo vaso una y otra vez mientras sus ojos, afilados por años de observar la miseria humana, no perdían detalle de la escena frente a él. Clay soltó una carcajada estridente, una de esas que no nacen de la alegría sino del desprecio, mientras se burlaba de la cojera del hombre sentado al otro lado.
—Míralo, parece un perro apaleado intentando mantener el equilibrio —escupió Clay con esa sonrisa torcida que a Joseph siempre le daban ganas de borr